Una mañana de principios de 1960, mientas hacía ejercicio por la avenida de Santa Cruz de Menlo Park, Ken Kesey descubrió, en una farola, un anuncio en el que el Hospital de Veteranos de Menlo Park pedía voluntarios para que experimentaran los efectos de distintas drogas con fines terapéuticos. Excitado, corrió al hospital sin ducharle y acicalarse. Cuando, sudoroso, entró en el lugar, no tardó en apuntarse como voluntario en el estudio EAFT, Efectos de Alucinógenos con Fines Terapéuticos.
Le llamaron a la mañana siguiente por su excelente constitución. Lo primero fue un chequeo médico y a continuación las primeras drogas, no demasiado potentes, solo somníferas. Kesey miraba a través de la pequeña ventana de su habitación, una ventana cubierta con alambre de gallinero, y observaba a los pacientes allí encerrados. Todos eran hombres y fumaban, jugaban a las cartas o a las damas, leían la prensa, escuchaban las retransmisiones deportivas en transistores, veían los absurdos programas de la televisión… nada que los diferenciase de cualquier ciudadano que uno se pueda topar por la calle, en el metro o en un partido de los Ducks.
Kesey empezó enseguida a probar la psilocibina, la mescalina y el LSD, del que había leído informaciones apasionantes. El primero en sintetizar ese medicamento era un químico suizo llamado Albert Hofmann. En 1938 buscaba un estimulante circulatorio y respiratorio y su informe del laboratorio señaló que los animales sometidos a la droga se volvieron algo inquietos, pero el LSD-25 despertó poco interés y sus pruebas en animales se suspendieron. Cinco años más tarde, Hofmann preparó un nuevo lote de LSD-25 cristalino y lo disolvió en agua, se lo bebió y abandonó las horas de trabajo que le quedaban de aquel viernes.
Comenzó a sentir sensaciones inusuales, extrañas pero agradables, que definió como “un flujo ininterrumpido de imágenes fantásticas de extraordinaria plasticidad y viveza y acompañadas de un intenso juego caleidoscópico de colores”. El lunes Hofmann volvió aprobarlo, se embarcó en el primer viaje deliberado de LSD y aquel viaje ya no fue tan agradable. No podía hablar, sus habilidades motoras fallaban y sufrió visiones espantosas.
En su primer viaje, a Kesey, aterrado, le preocupó sufrir un daño cerebral permanente e irreparable, pero a la mañana siguiente se sentía bien. De hecho, muy bien, extremadamente bien. En su siguiente chute en el Hospital de Veteranos de Menlo Park aparecieron formas demasiado grotescas, como salidas de una película animada con la técnica del stop motion, con plastilina. De repente, Kesey sintió que un ser pavorosamente diabólico se apoderaba de su alma y pensó seriamente que había perdido la razón del todo.
En una las cintas conservadas de aquellas sesiones, se podían escuchar estos pensamientos de Kesey: “Máquina de música aquí, a mi izquierda, ángel de electricidad, sigo pensando que debería escuchar de ella música. El techo de la habitación es como un gran ojo cuyos nervios ópticos conducen a todas las paredes. La enfermera que está aquí está usando un disfraz de pimiento estilo vaina. Su cintura comienza a ser azul y está sobresaliendo, la enfermera tiene que cubrir esa carne azul y ondulada, es como mirar un texto muy nítido y ver testículos triturados. Esto es bastante importante, estoy en lo alto de mi mente, veo imágenes en colores salvajes y una gran rana de colores en forma de hombre. Está fuera, parado en la puerta, mirando la habitación”.
Tras su voluntariado en el EAFT, Kesey convenció al hospital para trabajar como celador nocturno. Inspirado y estimulado por las drogas que robaba, comenzó a usar la máquina de escribir de la sala de enfermeras en sus turnos. De cinco a seis horas tecleaba arrebatado lo que acabaría siendo la novela Alguien voló sobre el nido del cuco.
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