«El indio hijo de puta más grande del mundo»

Ken Kesey hizo sus pinitos como actor, pero nunca logró un papel relevante. Tras otra frustrante audición en los estudios de Hal Roach, productores de El Show de Abbott y Costello, Kesey visitó a un nuevo agente junto a su novia Faye. Esperando en la oficina, Kesey escuchó una conversación telefónica entre aquel representante y un escritor. El agente le estaba diciendo al tipo que un tal Newt Arnold, que trabajada en un estudio, estaba buscando una historia sobre indios americanos. Kesey memorizó el nombre del productor, se despidió de Faye, regresó a su apartamento y comenzó a escribir aquella historia a la que llamó Sunset at Celilo y hablaba de los indios Celilo, en el norte de Oregón, enfrentados al gobierno porque pretendía construir la represa Dalles en el río Columbia, una decisión que destruiría las espectaculares cataratas Celilo y sumergiría gran parte de las tierras tradicionales de los pueblos nativos de la zona. Con aquella construcción antinatura el gobierno acabaría con la pesca de salmón de los indios, con todo su sustento.

Kesey conocía bien la zona porque su familia había vivido cerca de allí durante un tiempo y solían asistir al Pendleton Round-Up, rodeo que se celebraba no muy lejos de la presa. Kesey, que había tenido un amigo nativo en el equipo de fútbol de la escuela secundaria, un macizo muchacho llamado Wayne Redhorse, recordaba las pinturas de guerra que lucían él y su familia en sus festejos y lo que le impresionaba la pesca de salmón de los indios, armados solo con tridentes para pescar las piezas.

Pero el nativo americano que más le impactó en su adolescencia fue un gigantón con un cuchillo en la boca. Jamás lo olvidó. Al término de un verano, el adolescente Kesey viajaba, de vuelta a casa desde el Round-Up, en autobús. De repente, la policía detuvo el vehículo cerca de donde se estaba construyendo la presa. Un indio con un cuchillo entre sus dientes protestaba contra la construcción de la presa y acabó envistiendo contra un camión que se aproximaba y que acabó atropellándolo de gravedad. El joven Kesey vio, maravillado, profundamente admirado, la valerosa desobediencia y la dignidad de aquel gran indio que fue la semilla del Jefe Bromden en Alguien voló sobre el nido del cuco. Él entonces no lo sabía, pero su novela había empezado justo en aquella carretera y con ese enorme indio.

Por desgracia, tras leer su manuscrito, Newt Arnold le comunicó a Kesey que no era lo que estaba buscando. Pero le animó a seguir escribiendo y a mandarle lo que tenía. “Cosas de indios, muchacho, tú los conoces”.

Años más tarde, Michael Douglas se dispuso a producir la adaptación el cine de Alguien voló sobre el nido del cuco y le parecía imposible dar con el gran indio. Una mañana, en un vuelo, Douglas entabló conversación con un simpático vendedor de coches llamado Mel Lambert que le regaló una tarjeta en la que se podía leer “Mel Lambert Motors, Portland, Oregon”. En la conversación salió el proyecto de Douglas, que le confesó a Mel que llevaba semanas buscando a un indio realmente grande y que supiese actuar, pero era incapaz de dar con él. Ni en las agencias de representación, ni en los estudios, ni por las calles… nada. No había manera de encontrar a un indio gigantesco. Mel le dijo que su padre había vendido muchos coches a los indios en Oregón. Mel Labert Motors era el único concesionario que vendía coches a los indios en el norte de la costa oeste porque confiaban en ellos, eran como de su familia.

Mel, finalmente, prometió buscar a aquel indio a cambio de una comisión, algo que Douglas aceptó sin dudarlo un segundo. Seis meses después, llegó la inesperada llamada: “¡Michael, el indio hijo de puta más grande del mundo vino el otro día al concesionario!”.

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