No actúes

Hoy me apetece hablarles de Lo hicimos bien, chico, un libro de cine que ha pasado injustamente desapercibido: las jugosas memorias de Anthony Hopkins, al que todos recordamos por El hombre elefante, El silencio de los corderos, Lo que queda del día, Tierras de penumbra o Drácula, de Bram Stoker, filme que será analizado en el libro dedicado a Francis Ford Coppola que publicaremos próximamente en Ediciones del Cuco.

Obviamente, el alcoholismo y la sobriedad están muy presentes en sus memorias. Es bien sabido que Hopkins era alcohólico, bebía porque siempre fue un hombre inexpugnable, muy introvertido (muchos grandes actores lo son), y el güisqui y la cerveza lo convertían en un hombre abierto. Con el alcohol soportaba a los demás. Hasta que un día cogió un coche ciego de alcohol y al día siguiente no recordó por dónde y cuánto tiempo había circulado por carretera. Sabiendo que aquella noche podría haber matado a cualquiera que se cruzara en su camino dejó radicalmente la bebida. Para siempre, Hopkins no ha vuelto a probar una copa desde el 29 de diciembre de 1975.

Su tremenda introversión es la columna vertebral de sus recuerdos y reflexiones. Ante la gente que intentaba despreciarlo o pisotearlo, actuaba siempre igual y lo hizo toda su vida: “La insolencia muda, mi fiel amiga, ganó la partida: no digas nada, no esperes nada. Solo MÍRALOS FÍJAMENTE”. Puro Hopkins.

Sobre la muerte de su padre, cuando todavía bebía, recuerda buscar algo de vino de misa y su falta de dolor ante el féretro. Ese dolor obligado “lo había escondido en algún rincón”. La inconfundible mirada de Hopkins, entre alerta y amenazante ante el que tiene delante, es una mirada que ha perfeccionado desde que era un niño, un mal estudiante al que llamaban cabezón, siempre pendiente de no ser tocado y dañado.

Por eso bordó a Hannibal Lecter y a Stevens, el mayordomo de Lo que queda del día, de los que dice: “El papel de Stevens era perfecto para mí, es una persona profundamente aislada. No puede entender cómo podría vivir sin prestar sus servicios y piensa: ¿Por qué arriesgarse al dolor de vivir? ¿Por qué arriesgarse al sufrimiento del amor? ¿Por qué arriesgarse al dolor de estar con otra persona? Su vida está en orden. Stevens se siente bastante seguro en su hogar, su pequeño reino. Y así era yo. Por supuesto, en cierto modo, aún soy así, del mismo modo que también soy Lecter. Como actor, lo único que debes hacer es acceder a esa parte de tu interior”.

Además de su pasado alcohólico, la gran mancha en la vida de Hopkins es el día en el que abandonó a su familia. No podía soportar más a su joven mujer, Petronella Baker, que lo machacaba psicológicamente. Una noche que regresaba de un duro rodaje en Escocia, ella lo miró con asco y empezó a burlare se él, algo habitual en ella. Hopkins se limitó a ir a la habitación de su hija Abigail, de solo un año. Acababa de empezar a andar. La miró, le dijo adiós en un susurro, regresó al recibidor, cogió sus maletas y no volvió más. Y Abigail nunca se lo perdonó.

En Lo hicimos bien, chico, Hopkins habla más de su vida que de su oficio, para el que sencillamente nació. Con esa mirada, esos movimientos, esa voz, algo tan natural en él pero tan difícil de encontrar. Sobre actuar, Hopkins recuerda lo que le dijo Katharine Hepburn en el rodaje de El león en invierno: “Ahí está la Cámara. Ese es tu elemento básico. Eres bueno, no interpretes la escena entera con la nuca hacia la cámara porque te robaré la escena. Probablemente lo haga de todos modos. No actúes, tienes una buena voz, la cabeza grande y los hombros anchos. Tu aspecto es fuerte. Sé como Spencer Tracy, como Bogart. No actúes, simplemente sé. Limítate a decir las frases. Eres él, ¡eres Ricardo Corazón de León!”.

Y en su libro Hopkins acaba enriqueciendo el consejo de Hepburn: “Sus palabras me recordaron algo que Spencer Tracy le había dicho a Laurence Olivier después de verlo en Tito Andrónico. Laurence llevaba gran cantidad de maquillaje sobre el escenario para interpretar el papel y Tracy le dijo: “¿Quién crees que piensan que eres? El público sabe que eres tú”. No tenemos por qué escondernos detrás de la de máscaras. Simplemente podemos aparecer y pronunciar las frases y confiar en que nuestra presencia saldrá victoriosa”.

I.R.P

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